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A día de hoy, este resultar ser un tema bastante discutido en el ámbito
educativo, pues debido a los cambios que experimenta nuestra sociedad debido a
diversos factores como el capitalismo, muchas corrientes pedagógicas alarman de
que cada vez hay menos diferencias entre una empresa y un centro educativo. Esto
puede verse a simple vista si nos fijamos en como es la estructura de una
escuela y de una empresa, tanto física como organizativamente hablando.
Para empezar, ambos se caracterizan por ser espacios cerrados, muy
cerrados, austeros en su mayoría y muy cuadriculados. Tanto en las escuelas
como en las empresas hay habitaciones más pequeñas en el interior totalmente
cerradas, todo se divide por secciones y cubículos y el recinto está totalmente
cercado. Además, los niños pasan un grandísima cantidad de hora encerrados en
esos espacios, donde solo tienen un pequeño descanso de media hora o tres
cuartos para descansar, para luego volver a sus “puestos”.
Voy a profundizar a continuación sobre este tema con un artículo muy
interesante de Cecilia Salazar-Alonso titulado “Escuela o empresa: ¿Galton en
las aulas?” que habla sobre este tema, aunque no son pocos los artículos que
hay que lo tratan.
Empezamos viendo que, últimamente, las escuelas se están apoderando de
diversos términos que antes solo se escuchaban en las empresas. Términos como
“competencia”, “rentabilidad”, “excelencia”… que nos llevan a pensar que la
escuela es un espacio de competitividad donde lo único que importa es obtener
resultados rápidos y eficaces, dejando a un lado a la persona. De manera que
los alumnos pasan a ser productos y los padres clientes de una empresa: la
escuela, cuya única misión es formar trabajadores para el mercado laboral que
satisfagan las necesidades de la oferta y la demanda. Esto se consigue mediante
la privatización de espacios de enseñanza o desviando fondos públicos a instituciones
privadas.
Un ejemplo de este pensamiento capitalista enfermizo lo podemos ver en la
evaluación en los centros educativos: los centros que obtienen bajos
resultados, en vez de obtener más recursos para poder mejorar sus condiciones y
aumentar la calidad de aprendizaje de sus alumnos, son castigados con la
disminución de recursos, convirtiéndose así en centros donde están los alumnos
mas “rebeldes”, lo que provoca la discriminación entre unos centros y otros y,
aun peor, la discriminación de personas como esos niños, a los que se les
condena su futuro. Otro de los objetivos de esta concepción escuela-empresa es
quitar a los profesores autonomía para decidir los contenidos que dan en clase,
de manera que deban ceñirse a unos contenidos fijos y perdiendo así la
posibilidad de hacer clases más espontáneas donde los alumnos debatan y
desarrollen así su pensamiento crítico.
Siguiendo con este pensamiento empresarial, uno de los hechos, en mi
opinión, más alarmantes, es la separación y la segregación en las aulas y en
las escuelas. El hecho de considerar a los alumnos con necesidades especiales
un “estorbo” para los demás y separarlos en distintas aulas o dándoles un trato
diferente, fomentando así entre los propios niños y niñas la discriminación y
la marginación. Como si las diferencias entre nosotros fueran algo malo en
lugar de enriquecedor, este tipo de pensamiento solo esta interesado en que
todas las personas sean y piensen igual, siendo sumisos ante sus “superiores”.
Con todos estos casos, podemos ver como se intenta poco a poco en promover
un sistema educativo con un carácter empresarial e incluso dictatorial, que
segregue y depure al alumnado y lo moldee a su imagen e intereses, creando así
una sociedad sumisa, obediente, incapaz de defenderse y de valerse por sí misma
y sin pensamiento crítico.
En definitiva, si alguna vez hubo diferencias entre las escuelas y las
empresas, hoy día se están intentando asemejar aún más, algo nada bueno para la
educación de nuestros hijos ni para una sociedad futura. Ante esto, es
fundamental que las personas se unan para combatir este virus del capitalismo,
que padres, alumnos, profesores y ciudadanos colaboren para una causa común, porque
mientras haya espíritu y esperanza, se puede ganar.
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